Las 200.000 hayas del bosque de Peloño, en el municipio de <Ponga, se visten a la moda: de verde intenso durante la primavera y de un sobrio color pardo en la temporada otoño-invierno. Sus 15 kilómetros cuadrados de vestimenta están protegidos (Reserva Natural Parcial) y lo convierten en un espacio único en España, un enorme parasol que contiene la humedad atmosférica como en pocos lugares. Sus hojas caduciformes le permiten mudar el cromatismo general de todo este vasto espacio y, a la vez, desempeñar un valor ecológico primordial, pues protege el suelo contra la erosión y lo nutre con esencia orgánica.
Esta especie soporta bien las bajas temperaturas pero tolera muy mal el calor y la sequedad. Si, a pesar de todo, la insolación persiste, el árbol posee la capacidad de hacer girar las hojas para evitar la transpiración excesiva de agua. Un auténtico ingenio natural, más bien un mecanismo de defensa, una estrategia milenaria, incluso una sabidurÃa, la inteligencia del propio bosque.
En principio sombrÃo, como todo hayedo que se precie, Peloño transmite sin embargo un enormo placer, lÃmpido y luminoso a los sentidos del excursionista humano. Además permite que la fauna autóctona del Principado siga contando con su hábitat predilecto. La sombra y la hojarasca son aquà el mejor baluarte de la vida animal. Las hayas producen un fruto muy nutritivo, el hayuco, que madura entre finales del verano y las primeras fechas del otoño. El hayuco es muy apetecido por el oso pardo, el urogallo, los carboneros, la paloma torcaz y diversas especies de roedores. La población oriental de oso pardo cantábrico sitúa en Peloño su lÃmite occidental de distribución. Peloño también es el núcleo principal de la población de urogallo, conservando numerosos cantaderos en uso. Al mismo tiempo este hayedo es la casa por antonomasia del pico mediano, pájaro carpintero extremadamente raro. Aquà viven también, en las zonas más calizas, importantes poblaciones de rebecos y lobos. Entre las especies de fauna cinegética más significativas abunda el jabalÃ, el corzo y, en menor medida el venado. Una auténtica arca de Noé que contiene todas las especies reseñables del centro-oriente de Asturias.
Peloño transmite una idea auténtica: que la vida madura, muere y vuelve a nacer siempre en el mismo instante. Los brotes de haya son infinitos, están por todas partes, y conviven y se nutren de las hojas muertas y de un cementerio de troncos tumbados y cubiertos de musgo. Los árboles que ya son abuelos presencian con calma este flujo vital que no para, y en su afán contemplativo parece que han perdido el sentido del crecimiento, que se conforman con su altura, y se dedican entonces a enroscarse sobre sà mismos, engordan, se cargan de nudos y crean formas siniestras, en muchos casos auténticas esculturas o totems de la naturaleza boscosa, siempre con autoridad centenaria en medio de la nueva vida.
En el horóscopo celta el haya simboliza a las personas elegantes y prácticas y está vinculada a la diosa madre y a la fecundidad. Una fecundidad que las hayas imponen por decreto natural en un total de 1.507 hectáreas, de las que 1.455 pertenecen a los pueblos de San Juan, Casielles, San Ignacio y Vago. A Peloño le gustan las hayas, y a base de reproducirse y crear un entorno húmedo ha colonizado totalmente el monte que le da nombre, forjándolo a su imagen y semejanza e impidiendo que otros árboles competidores puedan desarrollarse con comodidad. Sólo los robledales parecen resistir en los lÃmites vitales de este gran hayedo que, en último término, resulta ser una especie de gran anfiteatro surcado por multitud de riegas y circundado por sierras altas. El fayeu o hayedo que tapiza el monte Peloño está enmarcado dentro de los lÃmites naturales de una gran depresión circular que forman El Rasu (1.617 m.) al norte, Pileñes (2.021 m.) al sur, Sen de los Mulos (1.056 m.) al este y el Collau Zorro (1.845 m.) al oeste. La hidrografÃa está protagonizada por los cursos de agua que forman el rÃo Canalita o Canalina, que vierte sus aguas al rÃo Mojizo, afluente del Sella. El bosque, tan bien arropado y sin problemas de abastecimiento, ha sabido hacerse dueño y señor de este bache geológico y condicionar la alta publiosidad del cielo que lo cubre, incluso atrae las nieblas que tanto buscan las hayas en sus existencia nostálgica.



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