Hablar de “madreñes” es hablar de una cultura, como la rural, que en Asturias convivió durante decenios con caminos sin asfaltar, y caleyas encharcadas que requerÃan de un calzado autóctono que solucionase la cuestión de caminar sin embarrarse demasiado. Les madreñes ocupan un lugar destacado en el citado Museo de la Madera de Veneros. Las hay de todas clases y condición, asà como de todos los lugares del mundo, principalmente de la España cantábrica y la Europa continental. En el fondo se parecen a los zuecos de madera centroeuropeos, pero les ganan en altura y adaptación al medio, pues cuentan con un talón y dos tacos delanteros para mejorar el aislamiento de la humedad y el barro. Básicamente existen dos modelos, los más angostos y cerrados para pies embutidos en “calcetos” (calcetines gordos), o los que están fabricados para pies que previamente se introducen en una zapatilla. Por otro lado, se llegan a descubrir algún añadido más o menos sofisticado y estético, como madreñas con tacones anexos, de quita y pon, que las mozas calzaban para asistir a las fiestas y ganar algunos centÃmetros de altura.
Les madreñes fueron el calzado de generaciones y generaciones rurales, y los madreñeros, sus artÃfices, sólo empezaron a escasear con la aparición de otro tipo de calzado de goma, impermeable y más barato. En cualquier caso muchos son los que por hábito se siguen calzando estos zuecos, y también son muchos los que por romanticismo o nostalgia llegan incluso a coleccionarlas en los lugares más insospechados de Asturias y la PenÃnsula.
Y es que una madreña no es cualquier cosa. Lo sabe bien Luis Testón Lozano, que a sus 54 años es una de las personas que aún hace pervivir este arte. En su Taller de la Madreña de la aldea de Pendones (un centro complementario al Museo de la Madera) aprendemos muchas más cosas de este noble trabajo y nos sentimos admirados por la maestrÃa con que se ejecuta.
Luis nos cuenta que la primera generación de madreñeros de la que se tiene constancia data de 1770-1780, aunque él afirma, como otros muchos conocedores de la historia rural, que este oficio se remonta bastantes más decenios en el tiempo, dada su extrema funcionalidad para los núcleos rurales. El municipio de Caso es un referente de lo que ahora se ha convertido en una artesanÃa selecta que se encuentra en peligro de extinción.
Testón coge el “hachu” y a ojo (porque aquà no hay metro ni más medida que la punterÃa), va moldeando el tronco para darle forma a la madreña. Se parte de un tronco de haya delgada, más excatamente de la parte inferior del árbol por ser más duro. Al final del proceso el par es simétrico y puede ser calzado por un número exacto de pie 36, 37, 38, 42. Dice Luis que en este trabajo “hay que andar con más cuidau que un cirujanu del corazón”. Y no le falta razón, porque viendo como las astillas van cayendo de forma caprichosa resulta difÃcil de creer que no haya existido un error de cálculo que dé al traste con el trabajo. Las últimas fases de la elaboración son, si cabe, más preciosistas. Del hachu se pasa a la azuela, que permite un mayor control en el trabajo fino. Se emplea después el taladro para hacer el hueco del pie. Por fuera se termina de pulir el zueco con herramientas como la Llegre, el raspón, el cepillo y mucho pulso. Finalmente la madreña puede barnizarse o ahumarse con humo de escoba, se le paractican unas hendiduras con destreza que a la postre forman un dibujo de motivos principalmente florales, y después se la frota con un trozo de tocÃn (tocino casero). Listas para lucirlas sin complejos.
Antiguamente Caso abastecÃa el mercado astur con unos 50.000 pares de madreñes al año. Actualmente esta artesanÃa es casi un culto, y el calzado en sÃ, más que un producto de mercado, es ahora una reliquia de madera pura asturiana, muy agradable al tacto. Si tiene ocasión no se pierda esta magnÃfica oportunidad de conocer este oficio in situ, o lo que es lo mismo: una cultura y una naturaleza interrelacionadas que han sabido conservarses fieles a sà mismas apoyándose la una en la otra.


