Y ese retroceso es verdad. Si se mira alrededor, en la plaza del pueblo quedan pocas cosas que nos recuerden que estamos en el siglo XXI. El personaje del afilador es una auténtica antigualla, lo mismo que la benemérita. En un puesto ambulante vemos una radio a la que sólo le falta la voz de un serial de los de antes. También descubrimos un orinal de esmalte de los que daban tranquilidad en la noche, zapatos de cuero desgastados, ropa usada muy pasada de moda. En Benia, la capital del concejo de OnÃs, hay muchos objetos antiguos para recrear hogares fantasmas. También están las fotos de personas que han vivido en estos lares, enseres para una cocina de carbón, sillas de un cuarto de estar para sentarse a charlar. En aquellos tiempos no existÃa la televisión, ya se sabe…
Pero hay mucho más en ese dÃa de extraña conmemoración de lo que ya fue. No sólo objetos, sino cosas para comer. Quesos, pan de leña, productos de la huerta, postres caseros que saben igual que hace cien años. Todo ha sido sido elaborado según recetas tradicionales, con alimentos exclusivos que han sido manufacturados por manos sabias. Vemos como se preparan en vivo los sabrosos frixuelos, los tortos y otros dulces.
Asà que en Benia nos dejamos llevar, atraÃdos por un túnel del tiempo casi ingrávido. Nos paseamos por la sociedad de una época que sólo nos pertenece como recuerdo o narración. Pero a los hábitos sociales continúa también una artesanÃa y unas formas de producción. Podemos deleitarnos viendo como se rematan con maestrÃa unas madreñas a medida del consumidor, asombrarnos con el colorido y las formas de la cerámica tÃpica de la comarca, conocer de primera mano el tono real del azabache, la talla en madera como se hacÃa antes, observar a los artesanos de hojalata tradicional en plena faena extemporánea.
Los mercaderes acuden desde todos los puntos de la región, asà que tampoco faltan las idiosincrasias lugareñas ni las interpretaciones de la época según la zona.
En el trueque de dinero por cosas, el que sale ganando es el hombre más contemporáneo que pocas veces puede disfrutar de estos motivos decorativos, ni saborear tan intesamente comidas de antes.
Y como de ambiente tampoco está nada mal, no falta el ganado paseándose por espacios ahora reservado sólo para los humanos. Las aves del corral también hacen sus paseillos triunfales entre la gente. Por allà suena la gaita y el tambor, los bailes regionales con el mismo aire de celebración de antaño, sin tipismos, los cantos que se aprendieron de las abuelas y los abuelos… Es la música del recuerdo, de algo que nos ha dejado pero que siempre vuelve melódicamente.


