Puerto de Vega, pueblo ejemplar 

Un laberinto de mar y cultura


Los habitantes de Puerto de Vega se mueven, aman su pueblo. Apenas son 2.000 las personas residentes pero se empeñan en conservar su historia y su urbanismo, que deja una estela de romanticismo decimonónico difícil de encontrar en una villa asturiana. Tal parece que nos van al salir al paso los ilustrados de otro tiempo con sus togas y tratados.

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Muy cerca de Puerto de Vega, pueblo ejemplar


La primera impresión que se tiene al llegar a Puerto de Vega es placentera por encima de todo. Lo encontramos a 7,5 kilómetros al este de la capital de Navia, comunicado por la N-632. Cuando llegamos nuestro ánimo se contagia del blanco inmaculado de sus casas. Los recovecos y laberintos que forman sus calles y callejas, que en otro enclave similar serían angostas o incluso tortuosas, son aquí un enredo ordenado y limpio por el que da gusto pasear y recrearse. Podemos acercarnos al céntrico parque “Benigno Blanco”, de amplio arbolado; descubrir la centenaria y romántica Plaza de Cupido, eje neurálgico de la villa sobre el que se asentó el primitivo poblado marinero y donde sorprenden la belleza antigua de casonas como la de la Plaza” o la de las Columnas”; asombrarnos con el inmenso Casino de 500 metros cuadrados de planta; animarnos la vista con sus variopintas casas de indianos; o conocer de primera mano la Iglesia de Santa María, con un buen número de joyas en su interior, no en vano es conocida como la Catedral del Barroco rural.

Pasado ilustre de Puerto de Vega

Tras esta fachada armoniosa, el pueblo esconde más armonía aún entre sus gentes, un pasado y presente muy activo, societario y contagioso. No es por casualidad que sean varios los personajes ilustres nacidos aquí, ni que proliferen las iniciativas culturales. Hechos que además no han caído en saco roto. La conciencia ciudadana ha sido premiada con el galardón “Pueblo Ejemplar de Asturias” que entrega cada año el Principe Felipe y que a Puerto de Vega le correspondía en 1995. Tres años más tarde, en 1998, fue elegido pueblo más bonito de Asturias. De esta manera, tanto su belleza como el carácter amable y emprendedor de sus gentes cuenta con sendos títulos para que nadie lo ponga en duda.

Quizás no sea por casualidad que el ilustre Gaspar Melchor de Jovellanos falleciese en Puerto de Vega en 1811. El pueblo le dio refugio cuando venía huido de los franceses y enfermo de muerte. En la fachada de la casa mortuoria encontramos el escudo de armas y dos placas conmemorativas, ambas dedicadas al ilustrado. También la Iglesia Santa María expone una mención en forma de placa que nos recuerda donde estuvo enterrado Jovellanos, por espacio de tres años, antes de ser trasladado a su Gijón natal. La Casa Municipal de Cultura “Príncipe Felipe” alberga la Biblioteca Pública “Jovellanos”. El gijonés dejó una profunda huella en este pueblo culto, una calle y un monumento llevan también su nombre.

En Puerto de Vega no hay que perderse…

La economía local está ligada profundamente al mar, tanto a la pesca como a la industria derivada de conservas, salazones y escabeches que en otro tiempo estuvo firmemente asentada en el entorno portuario. La coqueta flota pesquera descansa en un pintoresco puerto con muralla incluida, almenas en perfecto estado que frenaron la piratería en la Edad Media y que protegió el pueblo frente a la invasión francesa tres siglos más tarde. En el entorno del puerto también se puede visitar el paseo del Baluarte y el mirador de La Riva. En el primero queda aún más constancia de la tenacidad lugareña por mantenerse libre de invasiones extranjeras, podemos ver dos cañones del siglo XVIII y un monolito en honor de quienes erigieron el Baluarte en 1588 junto a varias piezas náuticas. En otro bello lugar, en el rincón de la Riva, descubrimos una recreación de la mesa de mareantes realizada en 1992 para homenajear el apogeo pesquero local, incluyendo la caza de la ballena de otros tiempos. Aquí se erige un monumento con tres plantas cargadas de historia. Destaca el primer contrato ballenero que se conoce, dos imponentes quijadas de cuatro metros de longitud procedentes de ballenas de unas 30 toneladas de peso. En la segunda planta un inmenso retablo “alegoría de la caza de la ballena”, nos muestra a las claras cómo era la captura de estos gigantes marinos. En el tercer nivel destaca, sobre un cerco almenado, un moderno cañón ballenero. Inventado por Sven Foy, marinero noruego, en 1854 y probado sobradamente en su barco “Spes et fides”.

Otra seña más de esplendor marítimo de Puerto de Vega es el hecho de que entre los siglos XVII, XVIII y XIX destacase como puerto de cabotaje; surgiendo aquí la primera aduana que existió en Asturias.

Seguimos hablando de rincones inolvidables que a esta localidad no le faltan, como el paseo que nos lleva a la Capilla de la Atalaya, desde donde obtenemos una visión inmejorable del puerto. Tiene un componente milagroso, pues fue fundada por el Gremio de Marinería y Comercio hacia el año 1605, levantándose en honor de Ntra. Sra. de la Atalaya, cuya imagen, un buen día, apareció flotando en las cercanías. Rescatada por los marineros, hoy se conserva restaurada en este ugar.

Si en nuestro paseo por Puerto de Vega decidimos por un rato acercarnos a la cultura popular de la zona, tampoco hay problema. El Museo Etnográfico “Juan Pérez Villamil” a buen seguro cubrirá nuestro apetito. El museo se encuentra en los locales restaurados de una antigua fábrica conservas y salazones llamada “La Arenesca” que hoy forma parte de la Casa municipal de la Cultura. Recoge un amplio repertorio de temáticas, pero destacamos aquí la colección de oficios artesanos que se expone en la planta baja. Allí conoceremos de primera mano oficios tan arraigados como el de las rederas que trabajaban a pie de muelle, las filadoras o hiladoras, los zapateiros, ferreiros, madreñeiros, cesteiros, carpinteiros o ebanistas, o los canteiros o loseros.

Decir finalmente que el amor de sus ciudadanos ha convertido a la localidad en referente festivo del occidente astur. Sus fiestas patronales de Nuestra señora de la Atalaya convocan una inusual expectación por espacio de cuatro días, cada uno con nombre propio: el 7 de septiembre “La Víspera”, el día 8 “La Telayona”, el 9 “La Telayina” y el 10 “La Jira”. La devoción, como no podía ser de otra forma, se profesa a una virgen marinera y toma distintas formas entre paganas y católicas: cantares, vino, sidra, buenos alimentos, procesiones y entre otros actos, el homenaje al marinero más veterano.

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