Boda Vaqueira

Una de Vaqueiros

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La boda Vaqueira es, posiblemente, el enlace nupcial con más autenticidad de los que se celebran en España. Un evento con mucho sabor antropológico que todos los años convoca a centenares de personas el último domingo de julio en el alto de Aristébano, entre los concejos de Valdés y Tineo. En esta braña, familiares, allegados y curiosos en general practican una de las romerías capitales del verano asturiano alrededor de la Capilla de La Divina Pastora.

Declarada de Interés Turístico Nacional, la ceremonia sigue en buena medida el ritual de los antiguos vaqueiros de alzada.

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Para algunos se trata de la forma más asturiana de casarse. Una pareja de novios que desee contraer matrimonio por este ancestral rito deberá solicitarlo al Consejo Vaqueiro, quien dará, o no, su visto bueno para que el sueño se haga realidad. Sólo una pareja será la afortunada. A partir de aquí empiezan los preparativos.

Uno de los acontecimientos más importantes de la cultura Vaqueira siempre ha sido el matrimonio. En el Occidente asturiano, los matrimonios mixtos de Vaqueiros y aldeanos eran escasos. Que los Vaqueiros se casaran entre sí era algo muy lógico, por tratarse de una comunidad de signo pastoril y trashumante. El padre del novio acudía a casa de la novia y allí se determinaba, con regateo incluido, lo que cada cónyuge tenía que aportar al matrimonio. El día de la boda, la comitiva formada por los novios, padrinos e invitados, iba precedida del ajuar llevado en un carro del país tirado por dos vacas. En él se portaba un arca o baúl con ropa blanca, rodeado de sacos de trigo y los enseres que componían el ajuar. Por encima de todo sobresalía la cama matrimonial y en tropel y a galope acudían los caballos con mozas a la grupa y lanzando desde sus monturas gritos de alegría y celebración.

Gran parte de los cánones de esta tradición se siguen recreando hoy en día. La jornada sigue comenzando al mediodía, cuando se reúne la caravana oficial en el alto de la braña y parte junto al cortejo nupcial que va a caballo. Para muchos es el momento más oportuno del año para lucir caballerías y trajes festivos. La cesta de la madrina, adornada con lazos que contienen pan, manteca, huevos y dulces añade más notas pintorescas a la espectacular comitiva. La pareja de novios, hoy como siempre, siguen siendo los protagonistas indiscutibles y se les agasaja con un séquito de gaitas y grupos folklóricos. Frente al altar improvisado al aire libre se intercambian las arras y se da el beso que sella el compromiso. A continuación se sucede un banquete popular, una comida campestre en la que no falta el chosco, el jamón cocido, los frixuelos, sidra, natas montadas de las propias brañas y café vaqueiro.

En lugar del baile nupcial y de la típica orquesta que ameniza la sobremesa en las bodas que acostumbramos, en la vaqueira lo que prima son los tablados improvisados, las coplas y romances del más vivo sabor brañeril. Los grupos folclóricos interpretan danzas tradicionales vaqueiras, se convoca un concurso de coros; ataviados para la ocasión se tocan instrumentos típicos, como la “payetsa”, que es una sartén con mango muy largo que se bate con una llave de hierro, y en medio de la algarabía representantes del consejo tradicional entregan diplomas acreditativos y se proclaman los vaqueiros de honor del año. A lo largo de esta colorista jornada, es fácil identificarse con una mezcla de rebeldía y resistencia propia del espíritu vaqueiro.

Jovellanos los definió así hace tres siglos: “Llámanse VAQUEIROS porque viven comúnmente de la cría de ganado vacuno; y de ALZADA, porque su asiento no es fijo, sino que alzan su morada y residencia, y emigran anualmente con sus familias y ganados a las montañas altas”. Mucho se ha escrito sobre los vaqueiros desde entonces. Estudiosos como Acevedo Huelves, Uría Ríu, Canella, Cabal, o Caro Baroja han venido confeccionando una especie de guía sobre una estirpe que junto a pasiegos, maragatos y chuecas constituyen pueblos malditos, y cuyo común denominador fue la marginación social a la que se vieron sometidos por quienes les privaban de voz y voto. Los caciques de la época dictaminaban las normas e imponían sus leyes tanto en lo social como en lo económico; el clero privaba a los vaqueiros del derecho a ser enterrados en ataúdes o a superar en la iglesia un lugar señalado por una viga de madera, como existió en la iglesia de Naraval, o una leyenda grabada en la piedra: “de aquí no pasan los vaqueiros”, como aún se ve en el templo de San Martín de Luiña.

Una discriminación continuada que explica aún mejor el espíritu rebelde de sus ceremonias, y el hecho de que los vaqueiros practicasen una fuerte endogamia; imprescindible para la supervivencia de un grupo minoritario y marginado. El matrimonio endogámico se convirtió en algo básico para la perpetuación del grupo y fortalecer su identidad.

Reportaje fotográfico: Ramón

Texto: © Ramón Molleda para desdeasturias.com